Isaac






Por Néstor Cruz Tijerina

Qué raro -y qué poderoso— se siente ver ganar a uno de los nuestros.

A uno que también creció viendo perder a la selección mexicana de fútbol, una y otra vez. A uno que, como casi todos nosotros, tuvo una educación física pobre, impartida por un barrigón que nos ponía a dar vueltas bajo el sol, sin mayor ciencia que el cansancio. A uno que un día tocó la puerta de su propio gobierno y recibió un “no” cuando pedía lo más básico para poder competir fuera de su estado.

A uno que entrenó en El Tigre.
Que corrió montaña en Chichihuas.
Que seguramente se ponchó más de una vez en los baches de Ensenada.

Un chamaco que cualquiera pudo haber visto subiendo la Miguel Alemán, o zigzagueando entre carros en el boulevard Costero, esperando el semáforo para meterse a la Miramar. Un ciclista más entre tantos. Un muchacho más de esta ciudad.

Y sin embargo, no era uno más.

¿Cómo se forma la mentalidad para competir con los mejores del mundo… y ganarles?
¿En qué se inspira alguien así?
¿A quién escucha?
¿Lee? ¿Qué lee?

¿Qué piensa cuando las piernas van reventadas después de 300 kilómetros en las carreteras brutales de Europa, y aun así remata como un killer —como llaman en el ciclismo a esos que rompen el pelotón y crean su propia carrera—?

¿Cómo salió de Ensenada el que hoy se perfila para ser el deportista mexicano más trascendente de nuestra historia?

Son demasiadas preguntas.
Preguntas que ojalá algún día pueda hacerle en persona a Isaac del Toro Romero.

Hoy es campeón de la Tirreno-Adriático.
Hace menos de un mes fue campeón del UAE Tour.
Hoy es el segundo mejor ciclista del mundo, sólo detrás de su compañero Tadej Poga?ar, el fenómeno esloveno del que tiene el privilegio de aprender en estos años de plenitud.

Y lo más impresionante es que Isaac lo hace ver fácil.

Tan fácil, que ya está malacostumbrando a México.
Si llega segundo, hay quien se deprime o se enoja. Así somos: culturalmente exigentes hasta la injusticia con los nuestros.

Pero Isaac parece una roca.

Nada parece perturbarlo.
Está concentrado, frío, preciso.
A veces parece un robot.
Uno de manufactura mágica ensenadense.
Tal vez lo mejor que ha producido este puerto.

Si le ordenan cuidar a su líder, Tadej Poga?ar, lo hace con una perfección que asusta.
Si le toca liderar, no se achica. Asume el papel y cumple.

¿Cómo es posible eso?

Hace pensar cuántos Isaac habrá en Ensenada.
Cuántos en México.
Cuántos talentos esperando una oportunidad, una bicicleta, un camino.

Porque lo más hermoso de Isaac no son sólo sus triunfos.

Es lo que provoca.

Si a los viejos como uno nos hace volver a creer en la excelencia, imagino lo que provoca en los niños. Porque triunfar también empieza por creérsela. Por entrenar cuando nadie mira. Por sufrir en silencio. Por esperar con paciencia los resultados.

Claro: no todos tienen su determinación inquebrantable.
La mayoría abandona a medio camino.
No todos soportan el dolor, la disciplina brutal, la soledad de perseguir un sueño.

No puedo dejar de imaginar a ese adolescente dejando todo lo que conoce para probar suerte en otro continente. La duda permanente. El miedo silencioso. La pregunta constante: ¿vale la pena lo que estoy haciendo?

Y hoy, lo único que quiero saber es eso:

¿Qué sintió?
¿Qué lo empujó?
¿Cómo se sale de Ensenada… para conquistar el mundo?

Para los que hemos pedaleado en El Tigre, corrido en Chichihuas y maldecido los baches de esta ciudad, conocer esa historia no es curiosidad.

Es una necesidad.

Porque si Isaac pudo, ahora uno empieza a creer que el hijo de los vecinos también puede.

Y esa idea —tan simple, tan poderosa— hace la vida un poco mejor.
Le da a esta ciudad algo que a veces escasea: esperanza.

Mientras llega ese día en que pueda preguntarle todo esto, seguiré haciendo lo mismo que muchos: madrugar para verlo correr. Para emocionarme con sus triunfos. Para intentar descubrir, en su seriedad, en su sonrisa tímida, en esa incomodidad que parece sentir cada vez que sube al podio… cómo fue que un error glorioso en la Matrix ensenadense terminó conquistando el mundo sobre una bicicleta.