Mis mundiales: La selección del 86, la de Bora, una oportunidad perdida

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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Salía de la secundaria de prisa. Segundo año. Tenía que correr a casa a ver qué pasaría o qué había pasado con la Copa del Mundo del 86. A esa edad todavía me sentía orgulloso de que mi país fuera el único en ser sede de dos mundiales. Cosa importante para un chico de 14 años, cuyos recesos transcurrían íntegramente en la cancha de baloncesto de la Héctor A. Migoni (la número uno de Ensenada) con la pelota como motivo para soñar y sentirme un futbolista, aunque los encuentros fueran un caos entre el montón de pubertos de ambos sexos que se atravesaban por el escenario de las batallas.

Tengo que anticipar que la selección mexicana, la de Bora, no me representaba el menor interés, de no ser por el gran Hugo Sánchez, goleador ya entonces del todopoderoso Real Madrid, el de la Quinta del Buitre que ganó todas las copas menos la hoy conocida como Champions League.

La cosa arrancó con el insípido triunfo inaugural contra Bélgica con el —para muchos— emotivo gol del Sheriff Quirarte (a quien no soportaba ni soportaré por haber sido de las Chivas y aún más por ser la elección del caprichoso técnico yugoslavo del Tri en vez del gran Capitán Furia americanista, Alfredo Tena, por mucho mejor futbolista que el sobrevalorado pero suertudo entonces defensor de las Chivas, que, además de ese, anotó gol otro en el tercer partido de la fase grupos ante Irak, tan fortuito que aún él mismo buscará razones para convencernos de que así lo intentó). Luego Hugo hizo su único gol en mundiales de la mejor manera que sabía hacerlo: de primera, girando para el cuello al encontrarse con una pelota que mandó a guardar a puro reflejo. El dos por uno quedó sellado con una joya de uno de los grandes sobrevalorados de nuestro futbol: Pablo Larios, cuya salida en banda fue agradecida por un seleccionado belga.

Aclaro —porque sé que hay quienes adoran y prefieren recordar aquel equipo tan mediano como una potencia que pudo llegar muy lejos dando forma a una de las grandes mentiras del futbol mexicano— que mi rencor bien podría fundarse en la baja arbitraria de Alfredo Tena por un supuesto asunto de marcas comerciales (los seleccionados tenían que vestir Adidas de pies a cabeza y el zaguero águila firmó con Puma). La realidad fue que la animadversión que por él sentía otro gran sobrevalorado de nuestro futbol, el entonces futuro trotamundos Bora. Pero por sobre ello y por sobre el rol secundario y sin minutos en la copa de otro de mis ídolos, Cristóbal Ortega —el mejor contención de la época—, esa selección no me hacía sentir nada. La cargada puma colocó en la titularidad por la banda derecha Rafael Amador y Raúl Servín (zagueros de talla muy menor) en lugar del gran Mario Trejo, relegado a la tribuna), mientras que en la central jugó Félix Cruz (puma como Amador y Servín y Bora), a años luz de la calidad y garra de Tena. Además aparecía un joven e inexperto puma, Miguel España, titular por un mucho mejor futbolista ya referido líneas arriba, llamado Cristóbal. Era una selección más dedicada a no perder que a ganar. Una selección que Emilio Azcárraga Milmo, propietario del bicampeón América y de Televisa, por sus compromisos como organizador de la copa entregó a Guillermo Aguilar Álvarez, dirigente del conjunto universitario.

Entre el dos por uno sobre Bélgica y el deprimente uno cero sobre Irak, sucedió uno de los capítulos bien escondidos en la historia de la selección mexicana: el empate a uno contra Paraguay. Ventaja de uno por cero con gol de Luis Flores antes del empate guaraní y como si la historia hubiera estado dictada desde un guion cinematográfico, penal de último minuto para México. Hugo —no podía ser nadie más, ni siquiera el ya caduco pero activado para jugar ese mundial, Jefe Boy— tomó el balón, cobró y falló. El Gato Fernández, arquero paraguayo, se tendió para tapar el disparo del 9 merengue y así apagó el festejo en el Azteca.

Lo mejor de México llegó en la segunda fase: un gol de leyenda, la tijera espectacular de Manuel Negrete frente a los búlgaros. El dos por cero fue más acorde a las formas de ese equipo. Lo convirtió el limitado Servín, casi cargado por uno del montón de mediocampistas de marca que imprimían el sello a la selección del yugoslavo, Carlos Muñoz. El contención de los Tigres era acompañado por otros igualmente limitados técnicamente volantes de la conservadora selección anfitriona, entre quienes destacaban el hoy seleccionador nacional, Javier Aguirre, y el ya referido España.

El gran paso para ser uno de los ocho mejores no se dio como no se ha dado nunca. Una Alemania fundida por el calor de Monterrey en El Volcán no pudo ser vulnerada por los locales, más allá de un gol anulado al Abuelo Cruz, mismo que para los nostálgicos que vivieron ese momento se debió a una consigna del árbitro colombiano designado para el juego y supuestamente rencoroso hacia México por haber tomado la sede de un mundial que en origen le correspondía a su país. En la serie de penales Hugo argumentó calambres para no cobrar. Aguirre había sido expulsado y solo Negrete estuvo a la altura desde el manchón penal tras el cero a cero registrado en los 120 minutos de juego. El teutón Schumacher le atajó a Quirarte y Servín. Y Adiós.

Así más o menos fue lo que sucedió con la selección mexicana del 86, que hoy pretenden vendernos como histórica. O al menos ese es mi recuerdo —americanista, sesgado y rencoroso— de esa historia. Ese también fue el mundial de Diego, el jugador más influyente para una selección campeona.

Ya les contaré mi recuerdo del 10 argentino que levantó la copa frente de manos de Miguel de la Madrid, destinatario de las mentadas de madres más recordadas de la historia, por parte de un Azteca ileso, pero poblado un pueblo aún convaleciente del terremoto de un año frente a la incompetencia del presidente mexicano.