Isaac del Toro y el país que sigue mirando para otro lado


Por Néstor Cruz Tijerina
El Tour de Francia es, probablemente, la competición anual de resistencia más exigente del deporte profesional.
Es el equivalente a correr un maratón durante 21 días consecutivos. A velocidades superiores a los 40 kilómetros por hora. Escalando montañas legendarias. Descendiendo al límite. Bajo temperaturas que superan los 35 grados. Y enfrentando, además de las piernas, un ajedrez táctico que hace del ciclismo uno de los deportes más complejos que existen.
Y ahí está, peleando el podio, un ensenadense.
El primer balance de lo que ha hecho Isaac del Toro después de casi una semana de Tour sólo puede calificarse de positivo. Pero, sobre todo, de congruente. Congruente con su tercer lugar en el ranking mundial.
A diferencia de la selección mexicana de fútbol, que si hubiera llegado a unos cuartos de final habría sido considerado un milagro, lo de Isaac no sorprende. Es exactamente lo que se esperaba de uno de los mejores ciclistas del planeta.
Sé que las comparaciones son odiosas. Pero a veces son necesarias.
No puedo dejar de comparar la atención que los medios mexicanos (incluso los de Ensenada) le dan a lo que está haciendo nuestro paisano en la máxima competencia del ciclismo mundial, con la cobertura casi obsesiva que reciben la selección nacional y los futbolistas mexicanos.
Hoy fue el colmo. Vi un noticiero nacional abrir con tres encabezados principales. Uno de ellos era que «Morita» se había graduado de la preparatoria. Hoy mismo, Isaac del Toro acababa de colocarse tercero de la clasificación general del Tour de Francia.
Ni una mención. Y entonces uno entiende muchas cosas.
Quizá por eso tantos futbolistas mexicanos pierden la cabeza antes de tiempo. Antes de demostrar algo realmente extraordinario, ya son tratados como celebridades. Llegan los contratos millonarios. Los comerciales. Las portadas. Los elogios desmedidos.
El resultado suele ser el mismo: Deportistas inflados. Excesivamente bien pagados. Con resultados que rara vez justifican semejante idolatría. Pero esa es otra discusión. Hace años entendí que el fútbol es el deporte de las masas. Y, como ironizaba Borges, las masas no suelen distinguirse precisamente por su inteligencia.
Ojo. No hablo de todos. Tengo amigos extraordinariamente brillantes que aman el fútbol. Me refiero a quienes rompen televisores cuando pierde su equipo. A quienes convierten un partido en una guerra. A quienes terminan en estampidas o peleas absurdas. A quienes depositan su estabilidad emocional en once personas que ni siquiera saben que existen.
No se me ofendan. También existen millones de aficionados que disfrutan el fútbol con alegría, conviven en familia y encuentran en él un espacio de unión. Bien por ellos. Ojalá esa misma capacidad para unirse existiera cuando se trata de los asuntos verdaderamente importantes para el país.
Volvamos a Isaac.
La primera gran prueba fue la contrarreloj. No es, precisamente, su especialidad. Aun así, firmó una actuación contundente que lo colocó sexto de la clasificación general, por delante de quien muchos consideran su gran rival generacional: El prodigio francés Paul Seixas.
Después llegó la locura. En una etapa quebrada, frente a absolutamente todos los grandes favoritos del mundo, Isaac ganó. Vale la pena subrayarlo porque durante meses abundó la crítica fácil: Que Isaac sólo ganaba carreras menores, que nunca vencía a los mejores. Pues ahí estaban. Todos. Y les ganó.
Lo hizo, además, acompañado por su compañero de equipo, Tadej Poga?ar, quizá el mejor ciclista que haya visto este siglo. La imagen de ambos celebrando dio la vuelta al mundo. Poga?ar levantando a Isaac recordó inevitablemente aquella escena de El Rey León, cuando Rafiki eleva a Simba ante la sabana. Una imagen poderosa. El heredero es mostrado al reino. El rey, reconociendo a quien algún día podría ocupar su lugar.
Después llegaron jornadas destinadas a fugas y velocistas. Etapas donde la clasificación general suele moverse poco. Entonces apareció nuevamente la crítica superficial. «Se cae Isaac.» «Ya se desinfló.» Como si el Tour pudiera entenderse viendo únicamente la tabla de posiciones de cada día.
Bastó regresar a la alta montaña. Bastó llegar a los Pirineos y al mítico Tourmalet. Isaac y Poga?ar volvieron a ofrecer una exhibición.
El ensenadense lanzó el ataque que permitió a Poga?ar dejar atrás a su eterno rival, Jonas Vingegaard. Cumplió con su trabajo. Se hizo a un lado. Y cuando parecía vacío, todavía tuvo piernas para engancharse con los perseguidores y rematarlos en un sprint espectacular.
Resultado: tercero en la etapa. Tercero en la clasificación general. Y nuevamente dueño de la camiseta blanca que distingue al mejor joven del Tour.
¿Falta mucho? Muchísimo. El Tour apenas comienza. Quedan dos semanas donde cualquier cosa puede ocurrir: Caídas, averías mecánicas, enfermedades, abanicos, desfallecimientos o simplemente un mal día. En el Tour nadie gana hasta llegar a los Campos Elíseos.
Sin embargo, el diseño de esta edición ya permitió que los grandes contendientes mostraran sus cartas. Ahora viene un bloque de etapas menos propicio para las diferencias importantes en la clasificación general. Si todo transcurre con normalidad, los grandes movimientos volverán más adelante.
¿Podrá Isaac mantener este nivel hasta París? Nadie lo sabe. Pero ya demostró algo mucho más importante. Demostró que su tercer lugar del ranking mundial no era producto del entusiasmo de unos cuantos. Era un reflejo de su verdadero nivel.
Demostró que no es un deportista inflado por el marketing. Demostró que pertenece a la élite.
Y mientras buena parte del país sigue distraída celebrando lo de siempre, un muchacho nacido en Ensenada está escribiendo una de las páginas más importantes en la historia del deporte mexicano.
Quizá algún día le demos la atención que merece. O quizá tengamos que esperar a que primero lo reconozcan en todo el mundo para entonces descubrir que siempre fue nuestro.




