DIARIO HASTA LA FINAL (Día 30)


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
El ring de hoy
La plática generalmente gira sobre el futbol. No quiero revelar los lugares ni las identidades, para evitar aún más roces propios de estos tiempos de ver el futbol para descalificar o justificar. Suelo rodearme y convivir con gente atenta, educada. Gente buena. Muchos de ellos apasionados por el deporte del que todos (en serio, absolutamente todos) hablan. Con varios voy por veredas distintas. Ellos admiran a un futbolista y yo a otro. Ellos le va a un equipo y yo a otro. Más allá de la carrilla o las cargadas propias del ganador al derrotado, nunca un resultado había afectado tanto mi posición frente a afectos tanto cercanos como no tanto. Eso se ha acabado, al menos a partir de esta semana.
He sucumbido, debo admitirlo, frente a la vorágine de la discusión, pero no la discusión enriquecedora y entrañable de qué selección juega mejor, o ni siquiera sobre el duelo de grandes figuras en la búsqueda del campeonato de goleo, o la demostración de Francia, la gran favorita, de Mbappé y los tres fantásticos que lo acompañan para despachar al de enfrente. Hoy la discusión se centra en hallar al culpable de lo que sea (que es el mismo de siempre, el que dirige esto, solo con diferente nacionalidad, nombre y apellido, y bien puede ser brasileño, suizo o suizo-italiano, pero al parecer nadie se había dado cuenta hasta que gana el que nos resulta antipático), al tramposo, al que gana ayudado por las fuerzas del mal, sin importar si el señalado sea un talento longevo al que necesitamos desacreditar desde el despecho de un marcador que no deseábamos ver al final de un partido de futbol. Además hay quienes se obsesionan con los ídolos caídos, en desgracia, tratando de desacreditar (o justificar) no solo su presente, sino también poner en duda (o sobredimensionar) su legado, por más glorioso (o discutible) que este sea.
Ya ni mencionar a los árbitros, esos seres acusados por la gran masa (sobre todo la más contundente y sentenciadora, esa de las redes sociales) de tomar decisiones en base a la orden que les han girado sobre la selección que debe levantar la copa el domingo 19.
¿En qué momento (y me incluyo y excluyo a tantos que cuestionan lo cuestionable y reconocen lo valioso con madurez y espíritu crítico) nos convertimos en fiscales de la pelota, en abanderados de la sospecha? El evento que nos convoca a los que amamos el futbol (y también a quienes se limitan seguirlo cada cuatro años en espera de que “y si sí”) está cerca de su final. Llegado el mismo, ya nos pelearemos por otra cosa.




