DIARIO HASTA LA FINAL (Día 35)


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
No llores más
Lucas Digne se llama. Es un lateral izquierdo de la selección de Francia. Ahora llámenlo, para mayor referencia, el que cometió una de las faltas más ingenuas en alguna semifinal de la copa. Se durmió durante un tramo del juego en el que bien despierto había que estar, concentrado. La pelota, caprichosa y ladina como es (por eso siempre se mete al arco que tiene más cerca, decía el gran cronista mexicano Fernando Marcos), se elevó de tal modo que cuando descendía, el zurdazo no la encontró, y sí encontró a Lamine Yamal. El prodigio español (sin reafirmar aún lo que de él se espera) se lanzó —él sí bien despierto y concentrado—, para ganar la pelota y para ganarse tremendo patadón. Alcanzó a tocar la pelota con el brazo, pero este se encontraba pegado a su cuerpo. Imposible rebatir. Imposible lloriquear. Imposible no ver el penalazo. Imposible empeñarse en demeritar de cualquier modo al ganador, insinuando trampas o consignas.
España dio un recital tan armónico que anuló al que para todos era quien levantaría la copa el domingo (si para alguno de ustedes no lo era, muéstreme pruebas). Luego llegó otro gol, el de Pedro Porro (puede haber nombre más español o más jugueteable). Fue una joya: pared con otro enseñoreado, Dani Olmo, y por más de media hora que quedara por delante, eso ya se sentía sentenciado. Y así fue. Toque y toque. Un sustito y no más. Deschamps y sus muchachos terminan por irse a donde nadie quiere ir: el juego por el tercer lugar bajo el sol inclemente de Miami.
De la Fuente (ese hombre que parece tan seguro de sí mismo como lo parecen sus futbolistas dentro de la cancha) va a Nueva York, en espera a Inglaterra o Argentina. Eso será diferente. Eso dará tema, sin duda alguna, para la tenebra, siempre y cuando gane el que no se quiera que gane. Mañana lo platicamos.




