Apuntes perdidos








Por Marco Antonio Domínguez Niebla

 

Eran buenos tiempos, viejo. Apenas, pero lo recuerdo. Llegó por mí antes de las cinco, hora de salida. Si el grupo era de primer grado, eso quiere decir que tenía seis. Siete cuando mucho. Había que preparar el menú que acompañaría una de esas últimas noches de boxeo por ABC con el gran Mohamed Ali como protagonista. No sé si era un viernes o cualquier otro día entre semana. Tal vez mi memoria se aferra a aquel recuerdo difuso, cambiando escenarios, pasajes. Lo que sucedió años más tarde sí me queda más claro. Pegado a la radio, él me acompañaba para escuchar el nocaut de Sugar Ray a la “Cobra de Detroit”. Y aquel sábado inolvidable. Sal Sánchez, ese mexiquense superdotado, en cátedra de boxeo seguida por cada mexicano que lo impulsaba a consumar la carnicería sobre Wilfredo, el boricua parlanchín cuyo rostro no volvió a ser el mismo después de esos ocho rounds. Luego, para abreviar por cuestión de espacio, he de mencionar al virtuoso Julio César y la derecha letal antes del campanazo final mientras Meldrick trataba de reaccionar sin éxito frente a Richard Steele, el réferi de ese último gran combate que a él le tocó disfrutar, tres meses antes de la partida definitiva. Desde entonces, nada ha vuelto a ser igual. Mi viejo se fue veinticuatro años atrás. No se ha perdido de mucho. Sobre todo en estos tiempos de “Canelos” y “Perros”.

 

Pobre con nombre de rico. Una alfombra enlodada y roída por todos lados. Cables sueltos que amenazan a todo el audaz que se atreva a “cascarear” en el lugar. Las porterías sin redes. Basura por todos lados, aún más donde se encuentra el deslave que devora parte de la cancha sobre una de las bandas. Las gradas graffiteadas, “plaqueadas”. Nada queda de aquel proyecto presuntuoso y trunco, como todo lo que se promovió durante ese trienio de buenas intenciones. La ruina reflejada en cada espacio del rectángulo verde construido por el alcalde que se atrevió a bautizar la cancha con un par de palabras que inevitablemente refieren señorío, categoría: “Real Madrid”. Paradojas.

 

Callejero higiénico. Deberá llegar todas las noches. Ya tarde. El borrachín que derrumbó la barda le habrá facilitado la estrategia de ingreso. El resto debió ser más sencillo. Sólo habrá tenido que llegar hasta la ventana para zambullirse al interior por esa vía, porque, previsor, ha atrancado la puerta con una tabla clavada que advertiría el riesgo de ser encontrado mientras descansa. Adentro, entre excusados y mingitorios, pernocta. Temprano, tal vez aún de madrugada, iniciará la maniobra de limpieza y escape para no ser atrapado por los guardianes del lugar. Al final, el intruso ha sido descubierto, aunque en ausencia, no con las manos en la masa. Ya estará buscando una nueva morada. Porque ese sanitario ha dejado de ser su habitación para quedar a resguardo de los Marineros de Ensenada y la Liga Municipal. Lástima. Era el único lugar libre de hedores dentro del deportivo Antonio Palacios.

 

Pésame. “Ya va a descansar. Sólo esperamos noticias”, me dijo Kawi Jr., tranquilo, después de la guardia respectiva a unos pasos del seguro social, hace unos días. Las condolencias, en ese momento, aún eran prematuras. Hoy son de corazón para los Palacios y para cualquier aficionado que compartió grada con la esposa de Kawi y madre de Kawi Jr., durante algún domingo de beisbol.