Dice que se va a retirar, tiene años diciéndolo, pero ni él mismo se lo cree.

Nomás se enteró de que el campo de su propiedad podría ser sede de un campeonato nacional infantil, puso manos a la obra.

Trabajo diario por una semana, de día y de noche, para cumplir como anfitrión.

El campo de primera fuerza partido en tres, justo para dar las medidas mínimas que requiere la competencia avalada por la Asociación de Ligas Infantiles y Juveniles.

Tiempo, dinero y esfuerzo para transformar el escenario.

El pequeño auto, el compactito que conduce por toda la ciudad, llegando a Valle Verde de mañana, muy temprano, y saliendo de noche, muy tarde.

Nada de dejar el trabajo en manos extrañas: él dirige las obras de remodelación en el campo que lleva su nombre, ordena, toma las herramientas, pone el ejemplo.

Los políticos asisten a la inauguración, lo felicitan, lo elogian, pero están en otra frecuencia, los lenguajes son incompatibles: él invierte su dinero para hacer beisbol, ellos invierten el dinero de todos nosotros en hacer política.

Llega el momento más esperado de la jornada sabatina: finalizan los discursos aburridos de los gobernantes invitados y empieza la fiesta: el beisbol.

Esta vez no le toca dirigir al representativo local como tantas veces, pero igual sufre viendo a su hijo en el cajón de coach y a su nieto en la caja de bateo. Le grita al coach de primera: “póngase perro, Leyva” y sigue con atención cada movimiento de la selección local. Justo en el momento clave del juego, la actividad acaba en otro de los campos. Entonces se levanta, pregunta por su personal y él mismo corre a rehabilitar el escenario que ha sido desocupado para que el siguiente juego inicie de inmediato. Aunque el nacional marcha sobre ruedas, las críticas llegarán, lo sabe, es hombre de detractores, tanto así que lo han etiquetado como persona no grata para los federados, los legales. Él, sin embargo, parece disfrutar esa posición. Está acostumbrado. Cosa que haga, cosa que es denostada por parte del gremio de beisbolistas que parece herido por el hecho de que alguien invierta su dinero en hacer lo que le gusta. La tarde cae, la primera jornada concluye con éxito, pero todavía queda una semana más de actividades en el nacional de la categoría nueve y diez años. El campo Alberto Mancilla Ponce necesita la mano de su dueño. La ocasión lo merece.

mdominguez@elvigia.net

md_niebla@hotmail.com







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