Tanto por contar en apenas cuatro días.
En uno de los tres campos, un chiquillo es golpeado en la cabeza, va al piso, se toma el casco por las orejeras, descansa de rodillas en la caja de bateo con la cabeza gacha y atiende atento las instrucciones de su manager. Poco a poco se pone de pie, seca con el antebrazo las lágrimas que ya corren por sus mejillas y se dirige a la primera base como si nada hubiera pasado.
En otro campo, un chiquillo ataca mal una pelota que quema, ésta se cuela entre sus piernas, el equipo rival anota y el juego acaba. El error transforma su semblante: voltea con temor a ver a su manager que patalea y mueve la cabeza en señal de desaprobación, lo fulmina con la mirada. El pequeño parador en corto olvida que él y sus compañeros están en zona de clasificación, que apenas perdieron por una carrera y que siguen en la pelea. El orgullo puede más y estalla en llanto, acepta su responsabilidad con valentía, no rehúye ni se justifica.
Sobre otro de los campos hay una presencia poco común: cola de caballo y casco de color rosa. El beisbolista no es “el” sino “la”. Priscila no sólo se monta en la lomita a lanzar sino que también gana, fildea y batea. A San Luis Río Colorado le tocó el grupo más competitivo y su futuro es incierto, aun así sus juegos son noticia para todos. Cuando acaba la jornada, los jugadores rivales se forman en fila: quieren la foto del recuerdo con la única niña inscrita en el nacional de beisbol.
Uno de los juegos está por definirse, los equipos siguen parejos. En eso suena un batazo profundo, que rebota contra la barda. El chiquillo que estaba en primera base corre presuroso de segunda a tercera, se perfila hacia home pero encuentra la figura de su manager con los brazos en alto: ¡para, para! El corredor obedece, detiene su marcha y observa que el disparo desde los jardines es pésimo, tanto que techa al receptor, quien corretea la pelota desesperado. El pequeño pelotero sabe que el manejador se equivocó, que la carrera pudo anotarse y sentenciar el juego, pero no dice nada, se disciplina como todavía se disciplinan los beisbolistas de su edad.
En el campo del fondo pasa algo. La sirena de la ambulancia presagia lo peor. Las caras largas confirman la mala nueva. Al otro día, Eduardo, jugador de Ciudad Juárez, regresa. Sus compañeros vencen a Kino y le dedican la victoria. Al centro de la foto de equipo aparece él con el tobillo enyesado, esbozando una sonrisa de agradecimiento.
El nacional de beisbol categoría 9-10 años apenas va a la mitad del camino: cuatro jornadas se han jugado, cuatro más están por jugarse.
Ya vendrán más historias, más lecciones de conducta, coraje y orgullo que contar.

mdominguez@elvigia.net
md_niebla@hotmail.com







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