Marco Deportivo :: Ídolo en desgracia

Un ídolo, conexión instantánea con los aficionados, ovación sonora en cuanto veían la greña, la camiseta sin mangas y los tatuajes durante el calentamiento previo a cada juego. Llegó tarde, en la fecha dos del torneo, pero en cuanto se presentó hizo lo que mejor se le da: anotar goles. La afición se enganchó con él, lo adoptó como su jugador favorito, el símbolo del equipo en primera. En menos de un mes, del 30 de julio al 28 de agosto, cinco goles. Uno en cada juego contra Monterrey, Santos, Puebla, Cruz Azul y Querétaro. Las actitudes del eje de ataque, sin embargo, no pasaban desapercibidas por los asistentes cada quince días en el estadio del hipódromo. Manotazos, gritos, recriminaciones, para el compañero que no lanzaba el balón al espacio o al pie, según él lo quisiera. Hasta entonces, su crédito le daba para eso y más. Justificaciones sobraban para el consentido de una fanaticada en entrega total: “es el único que vale la pena de todo el equipo”, “escogió Tijuana en vez de Europa”, “ya lo quieren el América y el Cruz Azul”, “un torneo y se va, es mucho jugador”. Hasta ahí, el equipo no caminaba; él sí. Entonces, vinieron los cambios dentro del plantel, iniciando por el técnico. El entrenador reemplazante analizó y empezó la renovación, justo en el momento en el que el goleador partió a su país para jugar la eliminatoria mundialista. Con la seguridad del jugador indispensable, insustituible, el ariete decidió regresar de Colombia después de lo estipulado. En ese momento su suerte cambió. El nuevo técnico puso las reglas claras: llegas tarde, te vas a la banca, te llames como te llames. Y así fue. Fuera del cuadro titular, el goleador tuvo que empezar a ganarse su lugar desde la humildad, virtud con la que tiene que trabajar el suplente. En cuatro días dos juegos y ambos en casa. El escenario ideal para el repunte, para reclamar desde su hábitat natural, el eje del ataque, su puesto titular. Pero su regreso no trajo consigo nuevas actitudes: balón mal entregado, reclamo airado. El primero de esos dos juegos se ganó, un miércoles por la noche, pero nadie se fijó especialmente en su trabajo. Dos goles del xoloitzcuintle, ninguno suyo contra el jaguar. El domingo al mediodía, también como suplente, recibió otra oportunidad. Como si fuera parte de un guión de película, el árbitro marcó un penal a tres minutos del final. El goleador corrió por el balón, lo tomó y ganó la disputa con dos de los líderes del equipo, el tijuanense y el uruguayo, para ser el responsable de cobrar el penal que lo consagraría de nuevo ante los suyos, después de no marcar desde aquel 28 de agosto. Con lo que no contaba es que, cuando la suerte decide darle la espalda a un delantero, no hay nada por hacer. El goleador se perfiló, disparó y echó el balón a un costado de la portería apenas antes de escuchar el silbatazo final. Dayro, el goleador, salió con la camiseta sobre el rostro, ocultándolo para, tal vez, no ver las recriminaciones de esa afición que hasta hace unos días le perdonaba todo.
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