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APUNTES PERDIDOS

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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Tocayo
De su jefe hay un montón de fotos en el archivo. Pero de él no encuentro. Ya repasé todas las carpetas, las muy lejanas y las muy actuales. Y nada. Todo esto mientras lo recuerdo con su andar característico, así como echado hacia el frente, desparpajado, grandote, observando atento a su jefe, con quien parecía entenderse sin palabras de por medio, como aquella tarde de junio de este mismo año cuando nos recibió en el hotel de Monterrey y preguntó si ya nos habían avisado de la comida preparada en la alberca para la delegación bajacaliforniana concentrada ahí durante la Olimpiada Nacional. “Este año me tocó aquí en el hotel, por si se ofrece algo, tocayo”. Regreso y sigo buscando y sigo hallando un montón de fotos. En todas, su jefe; de él, ni rastro. Apelo a la memoria y lo encuentro sentado a la mesa junto a su jefe, ya varios años atrás, explicándome el conflicto entre Marineros y Liga Municipal de Beisbol de Ensenada como cohabitantes del deportivo Antonio Palacios. Descubro la carpeta, también las fotos, y ahí está su jefe; él no. Coloco en la búsqueda “Congreso del Deporte Federado en Tijuana” como continuación a mi pesquisa. Ahí está la información. Las fotos también: las de su jefe y las del ponente aquel que llegaba a Tijuana para aclarar el caos llamado beisbol de Baja California, cuando me llamó para recomendar: “vente, tocayo, acá puedes entrevistarlo, él tiene toda la información que andas buscando”; sin embargo, imágenes de él, ninguna. Vuelvo a Monterrey pero no este año; en 2015, sobre la duela donde nos contó a los reporteros la anécdota de cuando representando a los Tigres, mientras cursaba estudios universitarios, se solidarizó con su jefe durante una batalla campal frente al acérrimo rival ahí en el mismísimo Tec. Y sí, ahí están las fotos de ese día, las de su jefe y antes compañero de equipo y de estudios; él no está. Recurro al último encuentro. Fue durante la elección al Premio Estatal del Deporte en Mexicali, dos semanas atrás. Llegó deprisa, con el gancho que sostenía su traje sobre el hombro, antes de partir a la Gala del Deporte: “Así hay que andar siempre, tocayo, con la ropa en el carro”, me dijo. Y luego miró de reojo al entrenador de gimnasia Pavel Oceguera, recostado descansando sobre un sillón de la oficina, y, en concordancia con su personalidad, lo albureó. Reímos, entró a cambiarse y se despidió igual, deprisa. Nueva carpeta, nueva oportunidad de hallarlo entre las imágenes. Nuevo fracaso en el intento. Por fin, el personal de comunicación me envía unas cuantas imágenes de él, pero ninguna en la que pretendiera aparecer como protagonista; por el contrario, siempre al lado de su jefe o de la delegación encabezada por su jefe, o vigilante a la escena. Hasta entonces puedo ilustrar la nota trágica que nos conmovió a tantos que lo conocimos. Marco Antonio Villalobos Zonta, asistente del director del INDE, Saúl Castro, su jefe y amigo, compañero de equipo desde los Tigres, vaya que era eficiente en su trabajo: “El Lobo” estaba en todos lados y a la vez no estaba.

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