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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Blanco indeleble

Sé dice que es algo crónico, una enfermedad incurable, degenerativa, de las que llevan a cierto tipo de gente a especular y experimentar una especie de gozo explicándolas, sobre todo si quien la padece es alguien lejano, o peor: alguien célebre, exitoso. Cada esparcidor de rumores le pone nombre al padecimiento y a los síntomas de Raúl, porque así se refieren a él, Raúl, como si todos lo conocieran de cerca, de su día a día, o de sus grandes días. Y es que a final de cuentas tienen algo de razón, porque eso ha sido: uno más de nosotros, motivo de inspiración, el vínculo para sentirnos legitimados demostrándole al mundo que uno de los nuestros quiso y pudo contra el adversario que le pusieran del otro lado de la red sin importar estirpes o colores en la bandera. Lo cierto es que ya no se le ve como se le veía antes, por cualquier punto de la ciudad en la que nació y en la que decidió residir por siempre, paseando su gran sonrisa así como serena, pacífica, de hombre bueno. De primera diría que no hace tanto de eso, pero, pensándolo bien, sí que ya hace un buen rato, años, como seis o siete, cuando me atreví a abordarlo en el café y luego en el cine, para que me contara del torneo que se estuviera jugando o del que recién hubiese pasado o del que estuviera por venir. Desde antes deseaba cruzarme con él, abordarlo, pero nunca me animaba. Un día de ya hace diecinueve o veinte años, en la pausa de dos a cuatro para comer, salí de la estación de radio en la que trabajaba con rumbo a Tacos Marú, un lugar tradicional donde lo encontré y a cuya mesa llegó una mujer con sus dos hijos para saludarlo y decirle que él y su compañera de mesa, “siempre han sido una pareja tan linda desde que se casaron la noche en que la policía tuvo que cerrar la calle del Santuario porque todos queríamos verlos y darles la bendición…”. Y él, arqueando su gran bigote a modo de bienvenida, con la flauta de carne deshebrada, bañada en salsa y crema, abundante en lechuga y bien sostenida por su mano, deseoso de acabar con la misma pero respetuoso, incluso como agradeciendo la manifestación de aquella mujer emocionada que daba testimonio del hecho que conmocionó Ensenada a principios de la década de los ochenta: “La boda del mejor tenista mexicano de la historia con la más bella Miss Universo nacida en Venezuela: Raúl y Maritza”. Suficiente, pensé entonces, como para que otro comensal interrumpa su momento frente al plato de antojitos. Pasaron años antes de que me despojara del pudor, indeleble aún en mi memoria su impecable uniforme blanco y su raqueta de madera entre imágenes opacas y hasta en blanco y negro de los gigantescos televisores de la época, y así llegué hasta él para confirmar, a través de unas cuantas charlas y el intercambio de correos electrónicos, la concordancia entre su talla humana y la deportiva. Un día la correspondencia dejó de ser tal. No más ida y vuelta. Ni en el café ni en el cine ni en los tacos, tampoco en cualquier otro lado, lo he reencontrado. Ignoro por qué. Y poco importa. El recuerdo es lo menos que le debo.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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