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Domingo en jueves

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Fue un domingo diferente, ni siquiera parecido al de hace cinco años y medio cuando pasé por una lasaña y una botella de vino en espera de la voltereta que pareció escapar pero que al final llegó de manera tan húmeda como heroica, con expulsión en contra y gol de portero y todo, para luego alargarse a los tiempos extra y los penales ganados contra ese rival más gris que azul, destinado contumazmente a la desdicha aderezada entonces por el festejo grotesco de tan emotivo por parte del técnico ganador bajo la noche en que el cielo se caía a pedazos sobre la cancha del Azteca. Tampoco se pareció este domingo al de hace cuatro años cuando me encerré en mi habitación sin lasaña ni botella de vino ni adversario tocado por el infortunio, pero sí con la confianza depositada en aquel otro entrenador que me daba la sensación de que el 0-1 en contra sería revertido como finalmente se revirtió con un montón de goles, tantos que ya ni recuerdo cuántos, mientras el rival partía rumbo al norte con todos sus millones, humillado y con varios expulsados, tantos que tampoco recuerdo la cantidad. La de este domingo fue una tarde diferente y sé que fue diferente porque no escapé a casa para encerrarme a vivir el partido casi pegado al televisor en espera de un nuevo festejo, como los cinco de los ochenta y los dos de la década pasada y los otros dos de la actual. Este domingo, a las cuatro y media me encontré en un café que cuenta con una mesa pegada a una chimenea que rara vez es encendida y que ha pasado a ser parte de la escenografía, una escenografía frente a la cual me siento cómodo y frente a la cual planeaba ver el desenlace del torneo mexicano con los mismos protagonistas de aquel domingo de hace cinco años y medio, el de la lluvia y el gol del portero y los penales el festejo bajo la lluvia y el rival humillado. Sin embargo, esa mesa era ocupada por un grupo de turistas, unos chicos que tocaban guitarra y reían sin intención alguna de retirarse en el corto plazo. Para mi suerte había otra mesa cercana, la única disponible en todo el café, y ésta se encontraba casi oculta, arrinconada, detrás de una pared que vino a convertirse en mi refugio por las siguientes dos horas. Como ya he sugerido líneas arriba, y aun cuando en este caso el global tras la ida se encontraba empatado y no en contra como los dos domingos antes referidos, sentí que habría un desenlace diferente, sin euforia y con lamentos. No fue así. Dos goles en el segundo tiempo y fin de la historia. “¡El América es campeón!”, “¡El América es el equipo más ganador del futbol mexicano!”, gritaban eufóricos los responsables de la transmisión que seguí frente al monitor de mi computadora, con pocas expectativas pero sin parpadear mientras la pelota rodó. Fui feliz. Y cómo no. Ganó mi equipo, y es lo que cuenta. Pero sí que fue un domingo diferente, tanto que la columna que pudo ser minutos después, como hace cinco años y medio y como hace cuatro, lo es hasta hoy jueves. Gracias por todo, a ti también, Cruz Azul.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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