Apuntes Perdidos

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Marco Antonio Domínguez Niebla

El ciudadano distinguido

Un día el señor Camargo me citó en su oficina. “Que te presentes a las cuatro”, me dijo muy serio, casi a modo de condolencia, uno de sus colaboradores. Así que cuando crucé la puerta de la dirección general de El Vigía, el periódico donde había laborado por nueve años, tuve la certeza de que sería el último de mis días ahí. Era un 30 abril. De modo que, oficialmente, el día de trabajo me quedé sin trabajo. “No te hallamos el modo, Marco, te la pasas provocando con tu manera de escribir y ya no sabemos qué hacer contigo. Por eso decidí que ya no sigas laborando en el periódico. Por lo pronto nos quedaremos solamente con tu hermano Ángel para que saque adelante la sección deportiva”. Lo tomé con serenidad, incluso como elogio, y es que ya me lo esperaba, después de los encontronazos dentro de esa misma oficina por temas editoriales. Sólo por poner un ejemplo: “Ya no les daremos viáticos para que viajen a dar cobertura a Xolos porque el dueño del periódico no comulga con la ideología (política) de su dueño”. La cuerda estaba débil, frágil ya, sólo reventó ese día. Desde que el señor Camargo llegó a la dirección del periódico me incomodó que un hombre tan ligado a un partido político fuera quien dictara la línea editorial apenas días después de ser “el síndico panista del alcalde Pablo Alejo”, como le llamábamos los integrantes de aquella redacción. La mayoría se adaptó a ello. Yo no. Y choqué de frente con él varias veces. La última fue esa tarde del despido. “Está bien, señor Camargo, nada más denme lo que me corresponde y yo me voy. Nunca me ha gustado estar a fuerza donde no me quieren”. Lo sentí contrariado, como si esperara otra reacción. Se hizo el silencio. Me paré y extendí la mano. “Que Alfredo (el colaborador del señor Camargo que me informó de dicho encuentro en tono lúgubre) te diga cuándo puedes pasar por tu cheque”, me dijo. “Así será, señor Camargo, y nos seguiremos viendo: yo en lo mío, haciendo lo que he hecho siempre, periodismo, y usted seguramente de regreso a lo que ha hecho hasta que llegó al periódico, lo suyo, política”. Más tarde me dijeron que esa sentencia, dicha sin ánimo revanchista, le incomodó a tal grado de girar la orden para eliminar mi nombre de todo lo publicado en el sitio web del periódico. Siete años después nos hemos reencontrado. El tiempo menguó aquella tensión. “¡Qué tal, Marco!”, me saludó, efusivo. “Qué tal, señor Camargo”, respondí. “Fíjate que este año estoy muy metido en la propuesta para elegir al Ciudadano Distinguido de Ensenada en el rubro de periodismo”. Fingí interesarme mientras pensaba en el historial de algunos de los poseedores de dicho galardón y lo que me llevó a publicar en redes sociales el 5 de mayo de 2018, justo a un año y dos días de distancia: “En Ensenadita, hagan el periodismo más asqueroso y servil, formen camarillas, amafien la profesión, y serán, año tras año, elegibles a “ciudadano distinguido” (o como se llame esa jalada). Y en serio, nada personal, pero, como falta quien tenga huevitos para decirlo, alguien tiene que hacerlo. Y ahí va el Marquitos…”. Pero lo dejé continuar: “Creo que ya le toca a alguien de deportes”. “Oh, oh…”, pensé. “Y pues estoy impulsando que sea tu hermano Ángel, por su dedicación y el tipo de periodismo que hace, ¿cómo ves?”. Respiré: “Qué bien, señor Camargo, seguramente a él le dará mucho gusto recibirlo, y a mí también que él lo reciba. Ya lo felicitaré. Ojalá se dé”. Volví a ofrecer mi mano. Esta vez reaccionó con mayor confianza que hace siete años. Nos despedimos con un buen apretón. Él caminó rumbo a la sala de regidores a lo suyo, como titular de la fracción panista en el cabildo; yo caminé rumbo a la sala de prensa, a lo mío, para dar cobertura al anuncio de un nuevo paseo ciclista con salida y Rosarito y meta en Ensenada, bien convencido de que difícilmente fallo en mis pronósticos.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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