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Por Néstor Cruz Tijerina

¿Colaboró Isaac del Toro, consciente o inconscientemente, para que su compañero profesional Brandon McNulty se convirtiera hoy en campeón del mundo?

Quizá nunca lo sabremos. Pero viendo cómo se desarrolló la carrera, es imposible no hacerse la pregunta.

Isaac llegó al Mundial convertido en uno de los hombres a vencer. Y eso se notó desde muy lejos de la meta.

Cuando otros atacaban, había dudas. Cuando Isaac se movía, todos reaccionaban. Cuando había que cerrar un hueco, muchos esperaban que fuera él quien gastara las piernas.

Durante horas tuvo pegados a su rueda a varios de los mejores ciclistas del mundo.

Y eso también es una forma de reconocer quién es el más fuerte.

El mítico campeón holandés Mathieu van der Poel lo entendió muy pronto y endureció la carrera. Isaac respondió. El francés Paul Seixas, su gran rival generacional, pasó buena parte de la prueba pendiente de él. El belga Remco Evenepoel, principal favorito de las apuestas, sufrió, regresó, volvió a sufrir.

Pero todos miraban al mexicano.

Y entonces ocurrió una escena que, viendo el resultado final, se vuelve especialmente interesante.

Poco antes del ataque definitivo, Brandon McNulty e Isaac fueron captados hablando dentro del grupo.

Recordemos algo: ese día representaban a países distintos, Estados Unidos y México, pero durante prácticamente todo el año son compañeros en UAE Team Emirates-XRG. Se conocen, han corrido juntos y entienden perfectamente la manera de competir del otro.

Después de aquella conversación, McNulty atacó a 32 kilómetros de la meta.

¿De qué hablaron?

¿Se pusieron de acuerdo?

¿Isaac entendió que tenía una oportunidad táctica enfrente? Que si McNulty atacaba y él se quedaba atrás, los demás podrían mirarlo, esperar su reacción y negarse a trabajar mientras su compañero ganaba segundos.

No lo sabemos.

Pero exactamente eso terminó ocurriendo.

McNulty se fue y Del Toro nunca asumió personalmente la responsabilidad de cazarlo.

Los segundos se convirtieron en medio minuto. Después la ventaja llegó a superar el minuto.

Y cuando otros corredores finalmente hicieron el esfuerzo y consiguieron acercarse peligrosamente al estadounidense, la persecución volvió a perder coordinación.

Otra vez las miradas terminaron sobre Isaac.

Y él no salió a destruir la fuga de su compañero.

¿Fue aquello parte de lo que hablaron antes del ataque?

¿Isaac comprendió que la excesiva vigilancia de sus rivales podía convertirse, paradójicamente, en la mejor arma de McNulty?

Quizá nunca tengamos esa respuesta.

También existe una explicación mucho más sencilla: Isaac ya había gastado demasiado. Durante horas había cerrado ataques, perseguido fugas y cargado con buena parte de la responsabilidad que los demás favoritos se negaban a asumir.

Tal vez simplemente no tenía más.

Pero la secuencia resulta fascinante: hablaron, McNulty atacó, Isaac se quedó y los demás dudaron sobre quién debía perseguir.

McNulty aprovechó perfectamente esa situación, Estados Unidos jugó sus cartas de manera extraordinaria y el estadounidense terminó dando el golpe definitivo para convertirse en campeón mundial.

Isaac terminó quinto, apenas 14 segundos detrás.

Pero creo que ese resultado cuenta muy poco de lo que realmente pasó.

Del Toro fue uno de los ciclistas que condicionaron toda la carrera. Los demás corrieron pendientes de él. Lo obligaron a gastar, lo siguieron cuando atacaba y esperaron sus movimientos cuando había que perseguir.

Ese es el precio de convertirse en favorito.

Hace no mucho Isaac podía atacar y los grandes nombres se preguntaban quién era ese mexicano.

Eso se acabó.

Ahora, cuando Isaac del Toro se levanta del asiento, algunos de los mejores ciclistas del planeta se levantan con él.

Y hay otra cosa que me quedó de este Mundial.

La imagen de Isaac llorando.

Sentado después de cruzar la meta, agotado, soltó las lágrimas.

No sé por qué lloraba.

No sé si fue frustración. Si sintió que tenía piernas para ser campeón. Si se reprochó alguna decisión. Si simplemente soltó de golpe toda la presión acumulada durante más de seis horas. O si llegó tan vacío física y emocionalmente que ya no pudo contenerse.

Y tampoco hace falta saberlo.

Claro que se le permite llorar.

De hecho, prefiero ver eso.

Porque significa que no fue al Mundial pensando que un quinto lugar sería extraordinario para un mexicano de 22 años.

Fue pensando en ganar.

Y quizá eso sea lo más importante de todo.

Ya no deberíamos mirar a Isaac del Toro como el joven mexicano que sorprende compitiendo contra los mejores del mundo.

Isaac ya es uno de ellos.

Hoy no ganó.

Pero lo vigilaron como se vigila a los grandes. Lo persiguieron como se persigue a los peligrosos. Esperaron sus movimientos como se espera el ataque del hombre que puede romper una carrera.

Y después de 273 kilómetros todavía estaba ahí.

Peleando.

A 14 segundos del arcoíris.

El ciclismo parece un deporte individual hasta que una carrera como ésta recuerda que también se gana con compañeros, estrategia, piernas y sangre fría.

McNulty tuvo todo eso y fue un digno campeón.

Isaac tuvo que cargar con algo diferente: ser uno de los hombres a los que todos esperaban.

Y habrá que acostumbrarse.

Porque después de este Mundial será todavía más difícil que alguien le regale un metro.

Por eso aquellas lágrimas no me preocupan.

Al contrario.

Me dicen que Isaac no quedó satisfecho.

Y tratándose de un ciclista de 22 años con semejantes piernas, quizá eso sea precisamente lo que más debería preocuparles a sus rivales.