Apuntes Perdidos

LA COLUMNA





Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Esa historia yo sí me la sé

Siento que esa historia me pertenece, que es mía y que nadie tiene el derecho de ganármela. Llamémoslo egoísmo o llamémoslo como ustedes gusten. No importa. La historia es mía y de nadie más. Aunque hayan llegado todos los medios a darle cobertura, la historia es mía porque yo la he contado desde el principio, desde que la realidad actual apenas era proyecto a largo plazo. Ellos nada más están de paso, ocasionalmente, es una moda pasajera, una nota más para cubrir la cuota del día, una obligación dictada desde la dirección editorial de su medio, si es que en los medios de la ciudad existe tal jurisdicción. Sé que no por ser el primero que contó la historia, o cuando menos el primero que contó la historia desde un principio, tengo derecho a apropiarme de ella. Todo lo contrario. Se trata de compartirla para hacerla de todos, sobre todo cuando su protagonista es uno de los propios: hijo, o sobrino, o nieto, o hermano, o primo, o amigo, o conocido de tanto conocido, como conocidos son todos entre sí en una ciudad como esta. Pero la comparto sólo con los lectores, porque no me da la gana compartirla con los demás medios. Por eso llego temprano y lo entrevisto antes que nadie. Cuando finalizo la entrevista ya están ahí los demás, esperando su turno para caerle en bola, en montón. La mayoría de los reporteros que han llegado son gente a la que respeto, incluso a algunos los estimo, pero primero es lo primero. A lo que voy. Siento que camino en terreno conocido de tanto que lo he pisado, de tanto que he andado por ahí, por esos pisos viejos, esos colchones ahora renovados, esas alfombras manchadas de blanco por la magnesia derramada, esos caballos, barras y demás aparatos propios del lugar. Eso me da una ventaja, una superioridad. Después de entrevistar al protagonista, entrevisto a su entrenador. Llevo conmigo dos buenas piezas. Inmejorables. Ya quiero salir de ahí para escribir todo, para publicarlo antes que nadie desde mi nueva posición, pero faltan las fotos. Le ordeno a mi fotógrafo que dirija la escena: el protagonista y su entrenador en un ángulo tal que como fondo queden los dos aparatos en los que están cifradas sus esperanzas, depositados cuatro años de sueños y visualizaciones: “que se paren en el caballo con arzones y de fondo salgan las barras paralelas”, le pido. Mi fotógrafo los coloca de esa forma y cuando se dispone a disparar ya se encuentran todos los demás fotógrafos por detrás haciendo click y apropiándose de nuestra puesta en escena. No pasa nada, pienso. Nos retiramos. Subo todo, lo publico de inmediato, antes que nadie. Más tarde la nota sale por televisión y al otro día ya está impresa en todos lados. Veo y leo todo y a todos, a detalle, con detenimiento. Y luego comparo. Poco después lo compruebo. Llamémoslo egocentrismo o llamémoslo como ustedes gusten. No importa. Esa historia, la del gimnasta olímpico, sigue siendo mía y de nadie más.

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