Apuntes Perdidos

LA COLUMNA





Por Marco Antonio Domínguez Niebla

El monstruito y los niños

Tiene buen lejos. A cierta distancia, apantalla. Luego, las cosas cambian. Mientras más cerca, menos engañosa es la imagen. Ya a unos metros no parece tanto ese estadio que anuncian en las publicidades de los conciertos de artistas arrabaleros tan exitosos hoy en día, únicos capaces de abarrotarlo. Más bien parece una obra en abandono, un despilfarro gubernamental, un capricho terminado en nada, una de tantas. La alfombra verde, ahora deshilachada, convertida en trampa para los tobillos. Una superficie azul de ocho carriles carcomida por el agua y el lodo anidados ahí a la menor llovizna. Tres estructuras de cemento distanciadas la una de la otra. Butacas azules embarradas de tierra. Eterna obra negra inaugurada tantas veces por tantos huéspedes célebres que la visitaron antes de irse con hospedaje, alimentación, fiesta y llaves de la ciudad dentro del equipaje. Campeones del mundo, Real Madrid, pre mundiales. Puros espejismos derivados del proyecto sin proyecto. Al final ni Chucho ni Justino ni los españoles ni los de la Concacaf ni los del Atlante que traerían el profesionalismo han de recordarlo, todos invitados por César, el alcalde futbolista y aún diputado, promotor de eso a lo que ni él ha podido darle forma a eso. Memoria corta. Discursos alegres. Maquetas espectaculares jamás llevadas a la realidad, paralizadas en calidad de fantasía. Veinte mil aficionados en dos años, decían en 2005. Buenas intenciones ejecutadas con dinero público. Silencio cómplice. Los adulones que nunca faltan y que siempre sobran. Los críticos que siempre estorban, que incomodan, aunque el tiempo les dé la razón. El estadio que no es estadio. El de primera división que no ha llegado ni a tercera. Pantalla. Negocio de unos cuantos. De futbol nada. Conciertos varios. Raja hasta con el estacionamiento. De pronto, un cambio: transformación. No circularán las Coronas ni las botellas más caras en las mesas de enfrente. Tampoco se presentará alguna cantante celulítica ni algún poeta de barrio convertido en estrella gracias a la televisión y a los tres versos cursis que alcanza a hilar en sus canciones. El domingo el lugar volverá a llenarse, pero con un montón de chamacos. Calculan que como cinco mil. Los organizadores trabajan para que el escenario esté a la altura. Por fin, el monstruito, o Franky (construido a retazos), servirá para algo realmente valioso. La carrera Corre Niño Corre cumple 26 años y ya sólo restan detalles para que se celebre en su nueva sede este domingo.

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