Apuntes Perdidos

LA COLUMNA





Por: Marco Antonio Domínguez Niebla

Por los suyos

Está de espaldas. Por eso no lo reconozco cuando entro al lugar. Yo hasta la fila de atrás. Él en la de enfrente. Mencionan un número y no es el mío, es el suyo. Así que pasa a la ventanilla antes que yo. El trámite es relativamente rápido y se desocupa de inmediato. En eso cambia el numerito en la pantalla. Es mi turno. Cuando voltea, hasta entonces, logro reconocerlo. Las miradas se encuentran. La suya no es la misma de antes. Ahora es una mirada cansada, un poco harta, distante de la alegría de antes. Sin embargo, su rostro se ilumina en cuanto dispara esa sonrisa franca que siempre lo ha caracterizado y que permanece intacta. Nos abrazamos con gusto, un gusto imposible de truquear, un gusto de verdad, un gusto de amigos, de tipos conocidos de años que se respetan y están felices de encontrarse. Cuando estrechamos los brazos lo siento distinto, ya no es aquel hombre fortachón, de complexión gruesa. Ahora lo siento más ligero incluso que yo. Su cabello ya no es tan oscuro, luce entrecano. Le pido tiempo, que no se vaya, que nada más hago el trámite y seguimos la charla. La brevedad de mi comparecencia ante la ventanilla acelera el encuentro y empezamos a hablar de su salud. Me dice que ha estado delicado, que recayó por falta de paciencia y que lucha por continuar su vida tratando de evitar las presiones que vuelvan a amenazar la convalecencia y lo obliguen a regresar al quirófano. Las cosas, es indudable, no van cómo él lo esperaba. Pero yo lo animo. Le digo palabras que habrá escuchado tantas veces de sus familiares y amigos, de la gente que lo quiere. De modo que insisto y le reitero esas frases tan sencillas de decir cuando uno no las vive, pero que, salidas del corazón, seguramente tendrán su efecto en el amigo que las escucha. Nos intercambiamos los números telefónicos para seguir en contacto y entonces me pregunta cómo me va a mí. La pregunta va acompañada de un apretón en el hombro y un gesto tierno que me conmueven. No se lo digo, pero, después de verlo en circunstancias tan adversas, combatiendo a diario por sacar adelante a los suyos, lo único que puedo responderle es que estoy de maravilla, con ánimo y fuerza, inspirado por su ejemplo. Hasta ahí la charla. Nos despedimos. Ya lleva mi número y yo el suyo. No habrá manera de no encontrarnos más adelante para hablar de deporte, esa pasión que nos ha unido por más de veinte años, ya sea a través de nuestro América o sus Gigantes de San Francisco, o cualquier tema de moda de los que abordábamos cuando trabajamos juntos. Sin embargo, tengo que admitir que nada me haría más feliz que reportar algún día su regreso a las canchas para encontrar su nombre en mi crónica como tantas otras veces: Juan Carlos Partida, autor del gol que ha renovado las esperanzas de los suyos.

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