Como tantos, tiene hambre de triunfo, deseo de ser alguien. Es bueno para los golpes, pero ya no quiere pelear en la escuela o en las calles como un delincuente, sino en un cuadrilátero como un boxeador de esos que ve cada sábado por la televisión. Sueña con ajustarse los guantes frente a un rival de su tamaño o uno más grande si se puede. Es una especie de esponja ansiosa por absorber los secretos, la técnica del boxeo. Lo ha decidido: quiere ser boxeador, no el “gallito” más bravo del barrio. Su entorno ha facilitado la decisión: prefiere ser como los boxeadores que mira con devoción a través del televisor, no como los adultos con los que convive a diario. Pone manos a la obra y busca el mejor gimnasio de la ciudad. Tiene varias opciones y elige el más cercano. Al llegar es recibido por el entrenador, quien, de inmediato, en cuanto lo ve dar los primeros pasos sobre el ring lanzando los primeros golpes, detecta su potencial, sus hechuras, la madera de buen boxeador que posee. El entrenador se lo dice, lo anima, bastaron unos minutos para ver en él a un futuro campeón. Dos o tres semanas de práctica y listo: un peleador amateur con porvenir. Antes le advierte que el boxeo requiere de dedicación, de constancia. No se trata de ir un día sí y al otro no. Los pocos que llegan a triunfar lo han hecho en base a disciplina. Luego le explica que hay un problema: el espacio en el que se organizaban las peleas amateurs ha desaparecido porque en su lugar será instalada una estación de bomberos, así que su proceso será lento, tardado. Mientras escucha todo eso, el chico piensa que el boxeo aficionado es más difícil de lo que imaginaba. Sin actividad constante en ese ámbito, el profesionalismo, que es lo que realmente le interesa, demorará en llegar, si es que algún día llega. También hace cuentas, calcula: recién subieron la tarifa de los microbuses, mínimo serán 20 pesos diarios de lunes a viernes y a veces los sábados. Finalmente, el presupuesto no soporta el peso de sus aspiraciones, convirtiéndolas en fantasía. El chico, decepcionado, desiste en el intento. Ignora que aquel candidato que hace poco más de un año visitó su colonia en busca del voto, prometiendo apoyo al deporte y oportunidades de desarrollo para los jóvenes, tiene relación directa con la frustración de su sueño. Molesto, regresa al barrio. Sin duda, ahí hará carrera. No faltará quien la pague.

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