LA COLUMNA
La Columna


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
La noche del sábado
Ese sábado tal vez habrá caminado por el puente de la calle primera. Por ahí lo he encontrado algunas veces y nos hemos saludado amistosamente, como siempre. Probablemente habrá dado vuelta a su mano izquierda apenas llegando a la esquina inmediata, justo hasta el lugar donde lo he visto otras tantas veces, por la calle Espinoza, entre la primera y la segunda, charlando de beisbol después de la jornada laboral. Supongo que habrá subido después a su pick up o al auto identificado con el nombre de su empresa. Al volante de esas unidades lo he visto un montón de veces por toda la ciudad. Es posible que ese hombre alto, delgado, siempre portando una cachucha por donde escapa el cabello que combina con el tono de su bigote, haya manejado por toda la avenida Espinoza de Ensenada cruzando la calle segunda, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta, la séptima y la octava, antes de llegar a la novena. Y es que ahí, doblando a la derecha, hay una especie de privada en la que se ubica su casa. Lo imagino encendiendo el televisor sin perder detalle de lo transmitido y emocionado con cada movimiento, con cada acción del evento sintonizado. Así lo he visto seguir los encuentros de beisbol cuando hemos coincidido tantas veces en cualquier campo local, principalmente en el que se encuentra a una cuadra de su casa, por la calle nueve. Ya metido en el juego habrá disfrutado ese doble productor de carrera conectado desde el primer inning del cuarto juego de la final por quien lo ha acercado aún más al deporte de sus amores. Basta con escucharlo hablar orgulloso del protagonista de ese tipo de jugadas cada vez que la inevitable referencia surge en la charla. Out tras out, hasta llegar al número veintisiete, habrá sentido la emoción de una hazaña más a punto de ser consumada. Así lo ha hecho cada mes de enero, ya como una costumbre invernal. También puede ser que nada de lo anterior haya sucedido y que don Nacho no haya estado en su casa ni en la ciudad ni saliendo de su trabajo, sino en el estadio de los Yaquis de Ciudad Obregón festejando eufórico esa noche de sábado. Todo son meras especulaciones. La única certeza que he tenido antes de sentarme a escribir es que será el más orgulloso de los padres de familia y que ahora ya estará listo para ver a Iker, su tri campeón del pacífico, disputar una Serie del Caribe más como representante de México.




